lunes, 7 de marzo de 2011

ESTACIÓN YRIGOYEN o el Libro Maldito




I EL ESPEJISMO

La ciudad sedujo al hombre desde que el clan recolector, en su cotidiano desplazamiento, se encontró de manos a boca con un grupo de congéneres que habían optado por permanecer en el mismo sitio produciendo sus propios alimentos y almacenando el excedente. La relativa abundancia en el granero, y sobretodo los sofisticados artilugios que los sedentarios habían elaborado con su mayor disponibilidad de tiempo, dejaron atónitos a los nómades, quienes desde ese instante cuestionaron sus propias vidas y anhelaron la que creían ver en otros. Entonces, la ciudad fue desde su inicio el objeto del deseo y el territorio de la ilusión. Este amasijo de ilusión y deseo, carnada infalible a través de miles de años, jamás dejó de funcionar, y mientras el incipiente caserío se transformaba en colosal laberinto, las oleadas de nuevos ocupantes, movidos por el ansia incontrarrestable de “ser otro”, desbordaron los naturales límites de la colmena u hormiguero humano, dando lugar a uno de los más singulares fenómenos producidos por nuestra creativa especie, ese fenómeno de ambigua valoración llamado marginalidad. Así, el insecto social no contenido por red solidaria alguna, deambula a tientas por el entramado urbano, guarida supuestamente colectiva, que por arte y magia de un desarrollo fallido (léase sub-desarrollo), ha perdido su capacidad de contener al hombre que sufre, limitándose tan sólo a desplegar sus veredas y paredes como precario hábitat pero inmejorable soporte para un eventual asomo de expresión.
En nuestro querido mundo subdesarrollado, muchos espacios públicos, más temprano que tarde, derivan en espacios abandonados y por lo tanto disponibles para todo uso. Urgencia fisiológica, transacción narcótica, improvisado motel o expresión artística, todo cabe en el espacio perdido para el sistema pero conquistado por los hados de lo incierto.
Porque nuestro subdesarrollo no ha impedido el crecimiento desmesurado de la ciudades, más bien parece alimentarlo; no hay cortapisas para el arribo infinito de nuevos habitantes con su fardo de sueños que más temprano que tarde se transformarán en frustración, cuando la estrella imaginaria que los trajo enganchados se apague, dejándolos solos, reptando por los turbios pasillos de la urbe que los engañó. Esos pasillos no aptos para la fotografía turística, en los que el declive de la sociedad ha posibilitado la misteriosa sedimentación de antagónicos elementos, el matrimonio inesperado entre belleza y sordidez.

II LA REALIDAD COMO MOLDE

A principios del 2001 la artista visual bonaerense Mariana Pellejero (Lomas de Zamora, 1974) embadurnó con tinta de grabado las ajadas paredes de la estación de trenes HipólitoYrigoyen con el objeto de extraer “la belleza desde donde aparentemente no está”. La inusual estrategia fue mucho más allá del habitual registro fotográfico común en las antologías de graffiti. Mariana Pellejero utilizó la realidad misma como molde, al traspasar directamente el anónimo dibujo inciso en el estuco hacia el papel en blanco. Conquistada por su propio hallazgo, la artista modificó su inicial objetivo de servirse de esos dibujos sólo como parte de sus futuras creaciones y, rendida ante la belleza de esa imaginería, optó por dejarlas tal cual, intocadas e inmejorables “formas en sí mismas”.
Alejada de los tinglados turísticos cazabobos (del tipo parejita bailando pseudotango para la cámara del viajero), la estación Yrigoyen forma parte de ese extenso entramado de ferrocarriles en el que millones de bonaerenses sin disfraz se desplazan a diario. Muy cerca del nada glamoroso Riachuelo, y en la frontera entre “Capital” y el “Gran Buenos Aires”, la estación Yrigoyen dormita en medio de un barrio alguna vez febril, hoy en día de onírica y apocalíptica estampa, con sus callejones desiertos, en donde los papeles rasgados vuelan como bandadas de aves mutantes huyendo al paso del solitario transeúnte, y en donde las maltratadas paredes, cual páginas de un libro maldito, guardan un incómodo mensaje que puede resultar peligroso sondear.
Pero ahí está el (la) artista para meter sus manos en el fango, porque el arte consiste no sólo en esgrimir las personales obsesiones y enrostrar al espectador lo hallado en la trastienda del ser; consiste también en recolectar en el hábitat cotidiano aquello que el artista considera relevante, aquello que importa reconsiderar. Suerte de apropiación que entraña sincero homenaje y urgente reivindicación.


III UN ARTE PARA EL LABERINTO

De aquel buceo de Mariana Pellejero en la “caverna” Yrigoyen, la propia artista seleccionó una treintena de grabados en los que es altamente recomendable detenerse por un largo instante. Ahí está el mundo profetizado hace medio siglo por Marshall Mc Luhan (seguramente el único filósofo que ha dado en el clavo alguna vez), ahí están los signos trazados por el hombre eternamente primitivo, a pesar de la ropa y la hipocresía inherente a la vida en civilización. ¿Un arte hecho para la multitud, para los ojos agotados de la multitud, para la mirada hastiada del pasajero apretujado en el hormiguero humano? ¿o un lenguaje cifrado en clave sólo comprensible para los demás miembros de la proscrita tribu?. Como las huellas de dos etnias que comparten un lugar de paso, en las paredes del laberinto coexisten ambos lenguajes: El mensaje compulsivo del hombre que se ahoga en la muchedumbre, y el más estudiado y esperable código carcelario con sus señalizaciones, advertencias y pavoneos. Este segundo ámbito comprende una amplia gama de armas blancas (era que no), espadas de todo tipo, verdadera panoplia anhelada por todo asaltante al estilo arcaico (hoy en día cuesta más barata una pistola) o aspirante a serlo, y también enigmáticos conjuntos de puntos que a primera vista parecen las caras de un dado, pero en los que el ojo iniciado sabe ver a cuatro forajidos dando muerte a un policía que es el punto del medio. Todo un mundo en sí, este lenguaje, así como todo el universo delictual, desde hace un buen rato encontró su lugar en el arte y en los medios, principalmente en el cine; es por eso que nos detendremos un poco más en ese otro conjunto de imágenes, aquellas cuyo origen y sentido resulta más impreciso, más nebuloso, aquellas que brotan del ciudadano fallido que, al no pertenecer a clan alguno, se dirige a la pared.

IV EL SUEÑO DE LA RAZÓN

Antes que todo, ¿qué hace al transeúnte transformarse en generador de un signo visual? En mi opinión, el habitante-transeúnte, abrumado por la complejidad del nacer y ser en la agobiante palestra de la sociedad, decide, gracias a mecanismos que apenas él mismo comprende, enviar un mensaje más o menos cifrado a un destinatario que, en rigor, se encuentra fragmentado en los miles de ojos cuyas miradas resbalarán por el escenario urbano sin reparar concientemente en los signos que le salieron al paso. Pero el mensaje (dibujo, palabrota, o simple incisión) está ahí, producto de un arrebato controlado y posibilitado por la impunidad de la ciudad desprotegida. Y permanece ahí, a pesar del brochazo en blanco que pueda caerle encima por disposición municipal. Luego, el improvisado y fugaz “artista”, regresa a la deriva, reabsorbido por esa estampida de la que apenas pudo escapar el instante justo como para dejar un rastro en la pared. Así, el arte espontáneo de las paredes es en sí una alegoría del arte en general, en tanto esfuerzo por fijar un momento específico en la tormenta sin fin de la eternidad. Y he aquí lo maravilloso, cuando este arte rupestre post-industrial, que nace como atentado a la pulcritud y/o como simple bravuconada de un chico malcriado, deja atrás su espurio origen y alcanza, por una especie de dinámica autónoma de las formas por sí mismas, el rango de signo que ha de ser recogido, alcanzando, en definitiva, el status de obra de arte.
¿Cómo no conmoverse, por ejemplo, con ese diablejo cuyo corazón se transparenta en su tórax, y cuya cabeza ostenta aureola de santo? ¿Cuántos artistas de renombre consiguieron tal síntesis y con tal economía de medios? ¿O cómo no quedar al menos pensativo ante esas figuras yacentes, heridas o agonizantes? De alguna manera, en esas figuras sin fondo, en esos sujetos sin predicado, se filtra, en arquetípica impronta, el calvario de la humanidad entendida como unidad, igualmente estafada en cada rincón del planeta en el que las cuentas de vidrio del espejismo urbano compraron sin retorno la libertad del hombre “primitivo”.
A pesar de la obvia escatología, del erotismo procaz, y de otros lugares comunes que invaden también (¿cómo no?) este arte rupestre de la edad del plástico, puede ser un buen ejercicio el reparar en ese signo que a todas luces busca ir un poco más allá del escupitajo espontáneo. Gesto que, si bien no alcanza a los cimientos de la ciudad, sí alcanza -y remece- los recónditos cimientos de la psique humana. Y no me estoy refiriendo al graffiti multicolorido y circense encontrable hoy por hoy en toda ciudad que aspire al título de (post)moderna. El Arte con mayúscula que nos concita es ese otro, para el cual el color no importa porque simplemente no existe; Arte casi secreto, habitualmente denostado o confinado al ámbito de la psicopatología. Un Arte que brota sin plan previo -al menos en el terreno de lo consciente-, y que subsiste amparado en su bajo perfil y en su ausencia de pretensiones, al ir contra la corriente y despreciar, en nuestras propias narices, la autocelebrada cultura. Un Arte que nos recuerda, por si no nos habíamos dado cuenta, que la cultura está cansada y quizás sólo sobreviva en las sombras.


V LAS SOMBRAS

El nunca resuelto debate entre los historiadores del arte con respecto a si este fue primero naturalista o simbólico, se resuelve en el arte mismo, ya que toda figura trazada es lo que es, primero que todo, pero al mismo tiempo está relacionada con todo lo que nuestra mente la llegue a relacionar. La angustia y el misticismo recorren cada fibra de nuestro ser, no hay vuelta que darle, el arte de las cavernas nos acompaña desde antes de la invención de la memoria. Y si ninguna de estas disquisiciones pasó jamás por la cabeza del tunante que dibujó una cruz en un sórdido muro de estación -quizás sólo para paladear el irresistible sabor del pecado- junto a una posa cuyo líquido preferimos ni pensar de donde escurrió, resulta indudable que un soplo divino pasó por esa mano irreverente que muy a pesar de sí misma se detuvo un instante en el tráfago cotidiano y, presa de una irrefrenable “libertad en la fatalidad”(Maeterlinck) trazó los mismos signos que otros esbozaron a través de los siglos.
Resulta asaz significativo que la recolección (Pellejero prefiere la palabra apropiación) de esta serie, haya sido realizada apenas unos meses antes del descalabro que acompañó al derrumbe del gobierno del presidente Fernando de la Rua, dejando en claro que la violencia subyace como uno de los motores de la vida en su totalidad, y es anterior a circunstanciales brotes de violencia callejera (tan del gusto del periodismo). Un rostro que asoma torpemente dibujado, una rúbrica al pie de un espacio en blanco, son mensajes, admitámoslo o no, y tengamos o no tiempo para dedicarles. Después de todo, la multitud no deja (ni dejará) de crecer, moverse y desplazarse. Los trenes no dejan de irrigar humanos-hormigas hacia todos los rincones del nido colectivo, y Mariana Pellejero, transcurrida ya casi una década desde su encuentro con los muros de Estación Yrigoyen, continúa hoy rastreando huellas, su variedad, su belleza, su lenguaje.



MARCELO OLIVARES KEYER olivareskeyer@gmail.com




viernes, 26 de noviembre de 2010

REQUIEM POR CAZUZA



I. GENEALOGÍAS, IDENTIDAD Y OTRAS MACANAS.

El desarrollo del mercado discográfico en cualquier sociedad es un arma de múltiples filos. Si por una parte viene muy bien a los creadores la instalación de una maquinaria eficiente de registro y difusión, más aún cuando esta difusión adquiere dimensiones de industria y la música de esta sociedad comienza a recorrer el mundo y captar adeptos en cada rincón del planeta, no es menos cierto que esta misma maquinaria, una vez globalizada y entregada a los mecanismos del mercado, comienza a repetirse. Es decir, aquello que prendió en el gusto masivo más allá de las fronteras nacionales, por la lógica de la ganancia económica termina siendo lo único que las compañías grabadoras se atreven a exportar. Conceptos majaderos y relativos, del tipo “identidad” o “lo que la gente quiere”, terminan por anquilosar la oferta, transformando la original intensión de difusión en una mera fábrica de ladrillos. Es el precio inevitable, se podría decir; como inevitable parece ser también la instalación de grupos que, de diversas formas, unas justas y otras no, acaparan la representatividad del folklore (otra palabra complicada) local. Así, odiosas dinastías artísticas fundadas por talentos genuinos, al cabo de una o dos generaciones dan paso a insufribles y ubicuos descendientes, esgrimidores permanentes del apellido del abuelo o la bisabuela genia.
Brasil no es la excepción, desde que a mediados del siglo pasado la bossa nova y - ligado a la imaginería turística- el samba ( tan famoso como incomprendido) se grabasen con tinta indeleble en el mural latinoamericano. A partir de aquel periodo fundacional, los apellidos de los próceres no dejaron de secretar hijos, nietos y bisnietos intrascendentes, y, lo realmente lamentable, las ciclópeas compuertas que debieron abrir paso al torrente del vastísimo acervo musical brasileiro, se cerraron al parecer para siempre.
Sin embargo, la realidad es siempre más grande que cualquier camisa de fuerza con que se la pretenda caricaturizar.

II. EN LA ENCRUCIJADA DE LOS TIEMPOS

Latinoamérica se encontraba a principios de los ochenta en la encrucijada de los tiempos. Limitándonos a la música popular, y más específicamente al rock-pop, todavía campeaban aires clásicos, aunque los riffs bluseros, los cabellos largos y la explosión a lo Deep Purple tenían sus días contados. Sin embargo, en un barrio de clase media de Rio de Janeiro, cuatro chicos sólo querían rocanrolear, hacer ruido, tomar cerveza, en fin, pasarlo bien. Pero había un problema: ninguno cantaba y por más que probaban posibles vocalistas ninguno los convencía.
Pero detengámonos un poco en esta parte de la historia. Estamos hablando de Rio de Janeiro, la ciudad, la metrópolis, la megalópolis. Simplemente, Rio. Tal vez la más potente y completa de la larga lista de grandes ciudades latinoamericanas. Rio lo tiene todo. Ciudad de rascacielos que brotaron en un entorno paradisíaco de cerros verdes cuyas cimas apuntan en todas direcciones, ciudad de profunda y señorial cultura lusitana, foco de inmigración multicultural, la más ostentosa riqueza junto al más patético desamparo. Un caldo urbano de infinitas ramificaciones que en los años cincuenta había dado al mundo ese samba en voz baja llamado bossa-nova, cuyas letras hablaban de bares a la orilla de la playa, de tranquilas noches a la luz de la luna, de belleza, disfrute y ensoñaciones, en fin, otros tiempos.
A principios de los ochenta esa poética estaba rotundamente caduca, los bares se habían transformado en nidos de soplones, la noche había amparado al terrorismo de estado, y el mar había devenido en improvisado mausoleo en el que arrojar prisioneros y ejecutados políticos. Así, la bossa-nova, desprovista de contexto, ya nada podía aportar.
Sin embargo toda época se las arregla para dar vida a un alma que, envuelta en un cuerpo, leerá acertadamente los tiempos y cantará la nueva realidad. Un alma y un cuerpo que filtrará la ciudad hasta destilar su más letal pócima. Lo que se dice, un poeta.
Y bueno, volviendo a los chicos de clase media que intentaban rockear, un día apareció un nuevo candidato a vocalista. Era un tanto mayor que los integrantes de la banda, lo suficiente como para admirar a Janis Joplin, y aunque su voz no era nada del otro mundo, el tipo irradiaba una energía y una seguridad que no dejaron lugar a dudas, la banda ya estaba lista. El nuevo integrante se llamaba Agenor de Miranda Araujo Neto, pero le decían Cazuza.








III. EL GAROTO DE IPANEMA

Desde adolescente Agenor vivía pegado a la máquina de escribir, pero, claro, la inevitable búsqueda de todo artista en ciernes lo había paseado por otras disciplinas, incluyendo la disciplina de los excesos, y un cierto ascenso social de sus padres -unido a su condición de hijo único- le había permitido hacer lo que se le viniera en gana, sobretodo explorar cada rincón, cada bar y cada azotea de ese suburbio de Rio conocido mundialmente como Ipanema, en cuyas playas de Leblón y Arpoador, el poeta sería revelado, literalmente iluminado por el resplandor del océano Atlántico reflejado en los amplios ventanales.
La banda que resultó de la unión del indomable hijo único con los cuatro mozalbetes se llamó Barao Vermelho (“Barón Rojo”), “Barón por elegante, y rojo por socialista” diría después Cazuza. No fue una súper banda ni nada por el estilo, cultivaron eso sí un híbrido a medias rocanrolero, a medias livianamente pop, con pasajes que a veces -sobretodo por su entrega- hacen recordar, salvando todas las distancias, a los New York Dolls (aquel grupo bisagra entre el rock clásico y el punk-rock). La hibridez de Barao Vermelho incluía también, por supuesto, cierto dejo new wave, e impregnado con esta nueva sonoridad fue que lograron meter en las radioemisoras su primer hit Todo Amor Que Houver Nessa Vida. Corría 1982, y salía a la venta el primero de los tres álbumes que Barao alcanzaría a dar a luz entre l982 y l984, antes de la necesaria separación. A partir de ahí, Barao Vermelho seguiría por un lado, y -lo realmente importante- Cazuza por otro.

IV. EL VERDADERO FOLKLORE

Han pasado exactamente veinte años desde que en 1990 falleció Cazuza en medio del revuelo mediático, y eso que había irrumpido en el ruedo de la fama tan sólo ocho años antes. Sus canciones, al par que representar a su generación, fueron rápidamente grabadas por los dinosaurios de la canción brasileira a pesar de que apenas alcanzó a sobrepasar los treinta años de edad. En sus versos respira Rio de Janeiro, pero al mismo tiempo respira toda ciudad con su decadencia y su brillo. En sus estrofas está la calle, con sus latas de cerveza vacías rodando sobre el asfalto, y está el alma humana, con su
vacío eternamente llenándose y vaciándose. Porque Cazuza es el más carioca de los músicos pop y viceversa, al cantar tanto la noche como la resaca, y al soportar sobre los hombros de su creatividad todo el peso de la megalópolis. Con sus frases rotundas ilustró al sujeto y su circunstancia en testamentos de tres minutos de duración. A pesar de haber habitado la noche, en su poesía no hay nada sombrío, parece como si las mortecinas luces de la gran ciudad le hubiesen bastado para pintar en pocos trazos el retrato hiperrealista de su Rio de Janeiro querido sin caer en fantasmagorías de adolescente, ni en la anodina por estandarizada crítica social. Cazuza fue un médium a través del que se manifestó el más verdadero folklore, el folklore vivo del presente, sin efemérides ni tenida oficial, el folklore de la megalópolis cuyos rascacielos atraviesan las nubes y cuyas catacumbas no sabemos muy bien hasta donde pueden llegar. Callejeó en aquellos extraños días de finales de dictadura (¿se acuerdan?), esos días en que la palabra futuro perdió su razón de ser mientras los artífices del poder sellaban su pacto secreto a espaldas de los pueblos.

V. ADIOS CAZUZA

Cazuza explotó, y quizás no quedará nada de él, pero antes fue capaz de, en medio de la derrota, señalarnos el pequeño gran triunfo aun posible: el triunfo de la experiencia personal, el triunfo de la vida vivida y bebida hasta la agonía, señalando de paso el camino a otros cantautores que, como Miguel Abuelo o Charly García, también cantaron y cantan a la vida sin adornos. Era un letrista empedernido, vaciando versos a pedido sobre melodías ya hechas, o entregando poemas a sus amigos para que estos los musicalizasen. Todo el mundo quería estar cerca de él al final, parecía un gurú (un gurú con SIDA), y él seguía escribiendo y grabando, ya hecho un esqueleto viviente y con la voz ya casi apagada. ¿Qué queda de Cazuza? Muy poco. No hubiese calzado en estos tiempos de glamorosas protestas on line, en estos tiempos cagones. Cruzó a toda velocidad de un lado a otro de la agonía casi sin darnos tiempo para comprenderlo. No era un compositor de himnos ni letras engrupidoras, y sus frases lapidarias no se prestan para el ensueño juvenil. Más allá de sus geniales e intraducibles juegos de palabras, escribió con frase rápida, espontánea, canciones que van directo al hueso, para que todo quede bien claro, canciones que rayan la cancha, sin tiempo para la larga reflexión. Y lo hacía parecer fácil, como si las vivencias, o más bien su traducción en versos, llevasen en su génesis el propósito de quedar grabadas. Creía en el presente, en la noche, en las veredas, en los jeans gastados, en las drogas. Ya lo dijo una vez: “Mis héroes murieron de sobredosis, mis enemigos están en el poder”.



Marcelo Olivares Keyer
olivareskeyer@gmail.com

miércoles, 15 de julio de 2009

HABLA EL MUDO



HABLA EL MUDO
(Palabras De Carlitos Gardel)

Habla Carlos Gardel…Queridos amigos de la América Latina, de mi tierra y de mi raza…La casa Víctor quiere que les anuncie la firma reciente de mi contrato de exclusividad con ella y yo lo hago muy gustoso, porque sé que nuestras grabaciones serán cada vez más perfectas y encontrarán en ustedes oyentes cordiales e interesados…
¿Cómo ingresó en el teatro?
Desde muy joven en las reuniones y fiestas acostumbraba a cantar; todas las personas me escuchaban con agrado y algunos de mis amigos, en vista de mi afición por la música y las cualidades que poseía para aprender este arte, me entusiasmaron para que estudiara e ingresara en el teatro. La magnífica acogida que me dispensó el público de Buenos Aires a raíz de mis primeros pasos en la senda artística, fue para mí un incentivo poderoso que me indujo a visitar la Ciudad Luz. Fue en París donde, merced al trabajo cotidiano con brillantes figuras del arte y de las letras, mi espíritu aquilató su sensibilidad, logrando obtener triunfos resonantes en la ópera y participar en varias revistas que se presentaban en los primeros teatros y cantar en los mejores cabarets. En esa época, en unión de un amigo, montamos un lujoso cabaret que en breve se tornó en centro predilecto de los millonarios, mereciendo también ser visitado por los nobles de Europa y por muchos príncipes de Oriente. Quizás, la razón oculta de mis victorias se halle en el apasionamiento profundo por todo lo latino que me lleva a concentrar como a través de una lente todos los lances de mi alma en el ritmo de mis tangos y en el sentido de mis canciones. Posteriormente, resolví aceptar las propuestas que se me hacían para que ingresara en el cine y, en los estudios Joinville, filmé mi primera película Luces de Buenos Aires.




Con harta frecuencia se me pregunta cómo me arreglo, o qué rutina sigo para componer tangos y, en verdad la situación, de los motivos que impulsan la acción; de ello deduzco el grado de sentimiento o de alegría que debe inspirar la canción, y sin pensar en palabras empiezo a tararear hasta que doy con la melodía que juzgo apropiada para la ocasión. Entonces llamo a mi simpático amigo Alfredo Le Pera, el autor de todas mis películas, y con su ayuda y la del pianista, poco a poco empiezo a componer; a veces ello nos toma una hora, dos…y en algunas ocasiones la falta de inspiración nos obliga a suspender el esfuerzo para reanudarlo al día siguiente. No cabe duda de que yo tengo una ventaja sobre los otros compositores en vista de que yo compongo las canciones para mí, pues los otros lo hacen para Bing Crosby, José Mujica, Ramón Navarro, etc., y es evidente que la tarea de ellos tiene que ser más difícil que la mía.
¿Cuál fue su primer amor?
He amado muchas veces en mi vida y conservo de ello gratísimos recuerdos, como que en casi todos mis amores he sido feliz. En ellos he querido de diferente manera, según el temperamento de la chica, las circunstancias y el ambiente. Sin embargo, cada vez que me enamoro creo que es ésta la única ocasión en que verdaderamente he querido.
¿Qué aventura dejó mas honda huella en su vida?
Debido a mis múltiples viajes y a los azares de mi carrera, numerosísimas han sido mis aventuras y en ellas he experimentado tantas sensaciones intensas que me es imposible definir cuál de ellas ha llegado a impresionarme más.
¿Cuál es le tipo de mujer que prefiere?
Prefiero las latinas, indudablemente, por ser de mi misma raza y por lo tanto comprender más mi temperamento, pero todas las mujeres son atractivas, inteligentes y me agradan. No obstante las mujeres sajonas, que tienen fama de frías y calculadoras, cuando encuentran un hombre que las enamora y comprende, son tan sensibles y apasionadas como las latinas y por lo tanto, también me seducen.
¿Le gusta el romanticismo?
El romanticismo es necesario para idealizar la vida, para embellecerla, pero mi romanticismo siempre está ceñido a la realidad y a la oportunidad, es decir, que soy idealista cuando debo serlo, mas sin extralimitarme nunca.
¿Es usted partidario del divorcio?
Debido a mi carrera no soy partidario del matrimonio…
¿Cómo le parece el ambiente de Hollywood?
Aunque no lo conozco, en Nueva York trabé amistad con muchos de los que allí viven y por ello me di cuenta que es un ambiente alegre y original, por ser ésta una ciudad completamente cosmopolita.
¿Cuál es su tango favorito?
He cantado tantos tangos y he puesto toda mi alma en ellos que todos me han gustado igualmente.




Cuando necesito de paz, de tranquilidad, de sosiego…, cuando muchos copetines y muchas farras me han cansado, vengo a ver a mi viejecita y a su lado recobro fuerzas…Y es que en Buenos Aires, che, las cosas son duras para un tipo que sabe que la vida es corta y que un día perdido no vuelve más…Y aparte de todo eso ¡qué amigo ni amores, ni copetines, ni gloria, ni triunfos , ni burros, ni nada por el estilo, al lado de una madre!...El más modesto pucherete hecho por sus manos vale más y es más sabroso que el más caro de los platos del mejor de los hoteles del mundo…Son muy agradables los aplausos del público…,pero, ¿de qué valen al lado de un “has cantado muy bien”, de la viejecita? El ansia de viajar puede más que todo…A los pocos meses de estar en Buenos Aires, tengo unas ganas irresistibles de marcharme…Del mismo modo, cuando falto de la ciudad bruja, no sé qué me ocurre…Parezco un vagabundo, que no estuviera conforme con su destino. Buenos Aires es muy linda, che…Su Corrientes y Esmeralda tiene un encanto indefinible y poderoso que nos ata un lazo de acero…pero cuando se ha conocido París, cuando se ha visto lo que es la Costa Azul, cuando se ha gustado los aplausos de reyes, no satisface del todo…No es que me disguste ni mucho menos…Pero cansa…¡Es terriblemente monótona nuestra ciudad! Y la culpa es de los mismos argentinos, emperrados en una seriedad funeraria…aquí la gente se ríe, con vergüenza, pidiendo perdón por el abuso…En Europa, en cambio, todos son más dados, no hay tanto estiramiento…Se divierten todos mejor allí…Pero Buenos Aires está muy adentrada en mi corazón y si estas mismas palabras de reproche las escuchara en el extranjero, me sabrían a herejía...¡Haría un zafarrancho con quien así se expresase!
A quien aplaude el público no es a Carlos Gardel, es el arte popular nuestro que, por una casualidad feliz, me ha tocado interpretar a mí, lo mismo que hubiera podido hacerlo cualquier otro cantor americano. Yo no soy nadie, es el tango el que triunfa.

lunes, 1 de junio de 2009

Charlie Parker





LA MIRADA DEL REY

(CHARLIE PARKER EN VIVO, POR JACK KEROUAC)

Llegamos al Red Drum, una mesa cubierta de vasos de cerveza (unos cuantos vasos para ser exacto), y todos los chicos que entraban y salían en grupos, pagando un dólar veinticinco en la entrada, con ese tipo bajito de cara de comadreja y ondulaciones de la cadera que vendía las entradas junto a la puerta; Paddy Cordavan que entraba casi flotando como había sido profetizado (un subterráneo alto y corpulento, rubio, con aire de mecánico y de vaquero, que venía del estado de Washington con blue jeans a esta fiesta de la generación loca, toda llena de humo y enloquecida; le grité: “¡Paddy Cordavan!”, y él contestó “Sí” y se acercó); todos sentados juntos, grupos interesantes en varias mesas, Julián, Roxanne (una mujer de veinticinco años que parecía profetizar el futuro estilo norteamericano con el pelo corto casi a la marinera, pero negro, rizado y serpentino, y una cara pálida, anémica de morfinómana; y hoy decimos morfinómano cuando en sus tiempos Dostoievski hubiera dicho ¿qué?, ¿tal vez ascético o santo?, pero no en este caso, la cara pálida y fría de la muchacha fría y azul con su camisa blanca de hombre con los puños desabotonados, así la recuerdo, inclinada hacia adelante charlando con alguien después de haberse abierto paso a través de toda la sala de rodillas, a fuerza de hombros, inclinándose para hablar, con una colilla muy corta de cigarrillo en la mano, y recuerdo la exacta sacudida que le daba en ese momento para hacer caer la ceniza, no una sino varias veces, con uñas largas de dos centímetros, y también ellas eran orientales y serpentinas); grupos de todas clases, y Ross Wallenstein, y la aglomeración, y allá arriba en la tarima Bird Parker con sus ojos solemnes, porque había perdido su anterior popularidad, hacía muy poco de eso, y ahora regresaba a una especie de San Francisco muerto para el bop, aunque acababa de descubrir o le habían hablado del Red Drum, había sabido que los chicos de la grandiosa nueva generación se reunían y aullaban allí, de modo que allí estaba, sobre la tarima, examinándolos con la mirada mientras soplaba sus notas “locas” pero ahora-calculadas, los tambores resonantes, los agudos altísimos; y Adam que para hacerse un favor se retiró prudentemente a eso de las once de la noche para poder irse a la cama y levantarse a trabajar por la mañana, después de una rápida salida con Paddy y conmigo para beber una cerveza de diez centavos, rápidamente, en el bar Pantera, donde Paddy y yo en nuestra primera conversación echamos un pulso en broma; y luego Mardou salió conmigo, con los ojos alegres, entre dos números, también para beber una cerveza, pero ante su insistencia en vez del Pantera en el Mask donde cuestan quince centavos, pero ella tenía algunas monedas y fuimos y empezamos a conversar seriamente y a sentirnos excitados por la cerveza; era por fin el principio.







Volvimos al Red Drum para oír a Bird, el cual, lo vi claramente, miró con curiosidad varias veces a Mardou, y también me miraba a mí, directamente a los ojos, para averiguar si yo era realmente el gran escritor que creía ser, como si conociera mis pensamientos y mis ambiciones o me recordara de otros locales nocturnos y de otras costas, otros Chicagos; no era una mirada de desafío, sino la mirada del rey y fundador de la generación del bop, por lo menos así parecía mientras observaba su auditorio espiando los ojos, los ojos secretos que le vigilaban, y al mismo tiempo soplaba con los labios y ponía en acción sus grandiosos pulmones y sus dedos inmortales, con sus ojos separados, interesados y humanos, el más simpático músico de jazz que se pueda imaginar, y al mismo tiempo, naturalmente, el más grande; observándonos a Mardou y a mí en la infancia de nuestro amor, y probablemente preguntándose por qué, o sabiendo que no podía durar, o viendo cuál de los dos habría de sufrir; y ahora, evidentemente, pero no del todo todavía, eran los ojos de Mardou los que brillaban en mi dirección; salvo una circunstancia, que al volver a casa, terminada la reunión y bebida la cerveza en el Mask, íbamos en el ómnibus de la calle Tercera, tristemente, a través de la noche y las luces pulsantes de neón; repentinamente me incliné sobre ella para gritarle algo y su corazón (en su secreto interior, según confesiones posteriores) dio un salto al percibir la “dulzura de mi aliento” (así dijo) y de pronto casi me amó.

Jack Kerouac, 1951.


martes, 14 de abril de 2009

ADRIANA CALCANHOTO (Señorita Pop)



ADRIANA CALCANHOTO (Señorita Pop)


Si dividimos a los seres humanos, y a los artistas en particular, entre salvajes y cautos, o, si se prefiere, en hot versus cool, bestiales versus sónicos, o simplemente en calientes versus fríos, la cantautora gaúcha Adriana Calcanhoto (Porto Alegre, 1965) transita por la segunda vereda. No podía ser de otra manera viniendo de familia de artistas, lo que significa desayunar escuchando jazz, almorzar con Mozart, y dormirse con la música de alguno del centenar de afamados músicos brasileiros de fusión experimental. Si a esta base le agregamos el guiño de la poesía, con su secuela de sofisticaciones, búsquedas y –al menos aparentes- rupturas, a nadie sorprenderá que antes de cumplir los veinte años la delicada muchacha ya anduviese con su guitarra a cuestas por los bares de la capital del estado balbuceando sus primeras composiciones bajo el cielo estrellado de Rio Grande do Sul.

Su voz a veces nos recuerda la de la también portoalegrense Elis Regina, pero sus intereses son diametralmente opuestos, siendo característica esencial en la obra de Adriana Calcanhoto su anti grandilocuencia, manteniendo -al menos hasta ahora- su tono de trovadora, su apuesta por el susurro.
A fines de los años ochenta las luces de las grandes metrópolis la raptaron, y entre Sao Paulo y Rio de Janeiro optó por esta última, quizás para recorrer las mismas calles en que nació, creció y brilló el poeta Cazuza. ¿Lo conoció personalmente? No lo sé, pero algunos años después por las ondas radiofónicas del país-continente volaba la canción Mais Feliz, fruto de la pluma del gran carioca, en la voz de nuestra heroína.
En el borde mismo de los ochenta (l989), alcanzó a grabar su primer single Devolva-me, y al año siguiente su primer álbum, Enguiso (“Mal de Ojo”, o “Complicación”). Establecida en Rio de Janeiro difícilmente saldrá incólume de esa permanencia en tamaña ciudad, urbe intensa en grado extremo. Sin embargo no creo ser el único en desear que esa absorción no lo sea tanto, que no se diluya en un cosmopolitismo amorfo perdiendo las sutilezas en las que basa su propuesta.
¿Y cuáles son esas sutilezas? En resumidas cuentas, las que permiten imbricar lo sensual y lo intelectual, porque en Adriana Calcanhoto se siente la biblioteca, la voz seductora como de primera cita despliega su rico repertorio de alusiones eruditas en las que los poetas son invocados en permanente sucesión, desde el portugués Mario de Sà Carneiro al paulista Oswald de Andrade, o desde Gertrude Stein al bahiano Waly Salomao, este último figura clave dentro de la escena del Arte Pop en el Brasil. Pero para no quedar confinada al circuito académico o de lecturas poéticas, la muchacha sabe retrucar con versiones de Manu Chao e incorporarse al contingente de colaboradores musicales en la industria de las telenovelas. Se puede decir sin caer en esquematismos que esta señorita capitalina se encuentra -dentro del cuadrilátero de la riquísima música pop brasileira desde la década pasada hasta acá- en el rincón opuesto al de la desfachatada y ultrarockera Cassia Eller. Ante el grito destemplado de la primera, Adriana opone el tono de ruego; ante lo áspero, Adriana opone la suavidad; ante unas tetas al viento enarboladas durante un recital, Adriana opone la lectura de un poema conceptual.

En 1992 publica Senhas, y en 1994 A Fábrica do Poema, este último desbordante de alusiones cultas, lo que lo vuelve quizás inaccesible para quienes alimentan su orejas sólo con lo que ofrecen las radios, pero delicioso para quienes optan por indagar más allá del dial. A partir de ese momento su periplo se amplía, presentándose en Argentina, U.S.A., y por supuesto Portugal. En 1998 publica Maritmo. Versátil, Adriana encuentra inspiración no solamente en el abismo de los libros y en la extensión de estos que son las películas; como buena trovadora, alimenta su producción con sus propios avatares; de ahí que a pesar de su natural evolución artística nunca pierde el aire de estudiante gaúcha invadida de cierta melancolía en su “destierro” carioca.
En sus letras (a veces, simples enumeraciones) la frase ingeniosa de chica aplicada calza a la perfección con una postura huidiza, y aunque –mujer al fin y al cabo- el esquema amor/desamor inunda sus textos, sabe esquivar el lugar común intercalando metáforas y naturalismo sobre texturas sonoras aterciopeladas y nocturnas, esgrimiendo un romanticismo nada arrebatador, más bien lúdico y minimalista, en donde los silencios juegan un rol decisivo, y la inevitable solemnidad del declamar es quebrada con algún verso pleno de sentido común.
En este nuevo milenio cuya primera década ya agoniza, lleva publicados los álbumes Cantada (2002), Perfil (2003), Adriana Partimpim (2004) con canciones para niños (vaya demostración de amplitud), y Maré (2008). Además del excelente en vivo Público (2000). Con su tono intimista de sutiles ecos lusitanos ha conseguido establecer su espacio paso a paso, o, podríamos decir, estrofa a estrofa. ¿Cruzará un día el difuso umbral que separa los mercados discográficos lusoparlante y castelhano?. Esperemos a que sí.



Marcelo Olivares Keyer
blusban@yahoo.com

viernes, 6 de febrero de 2009

RAUL SEIXAS O LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO



RAUL SEIXAS
O LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO

A mediados de los años sesenta había algo en común entre los astros de la MPB (Música Popular Brasileira) que visitaban el nordestino Estado de Bahía: Todos elegían como soporte musical a la banda local The Panthers, pronto rebautizados como OS PANTERAS, liderados por un rocanrolero y al mismo tiempo intelectual muchacho bahiano llamado Raul Seixas.
Raul Santos Seixas había nacido el 22 de junio de 1945 en Salvador de Bahía, en donde quince años después -jopos y contorsiones mediante- fundó el Elvis Rock Club, primera manifestación de un espíritu a la vez mesiánico e individualista, confrontacional y profundamente religioso. Por aquellos años, otro puñado de bahianos, encabezados por el ecléctico Caetano Veloso, se aprestaban a arrebatar a Rio de Janeiro y su Bossa Nova el cetro de la vanguardia fundando el movimiento Tropicalia, verdadera summa de las fusiones musicales de aquellos fértiles años. Pero Raul y sus muchachos iban por otro lado.
En 1967 (¡que año!), aparte de castellanizar su nombre por Raulzito, Raul y sus muchachos consiguen grabar un L.P. de difusión estadual, demasiado poco para RAULZITO E OS PANTERAS. Era necesario emigrar hacia alguna de las dos megalópolis brasileiras, Rio o Sao Paulo, más globalizadas y con una ingente industria discográfica. La oportunidad se las brindó el cantante Jerry Adriani, quien los invitó a establecerse en Rio de Janeiro como su banda estable. En la capital carioca, en 1968, apareció el primer y único álbum de RAULZITO E OS PANTERAS de difusión nacional, el que, si bien despertó algún interés en la prensa, no alcanzó para que Eladio, Mariano, Carleba y Raulzito se independizasen de Jerry Adriani. Desencantados fueron regresando de a uno a Bahía; el último fue Raulzito, quien regresó a sus libros y a soñar con “Escribir un tratado de metafísica, o ser una especie de Jorge Amado, viviendo de mis libros, escribiendo todo el día, con una camisa blanca abierta en el pecho y un cigarrillo en la boca”.




Sin embargo, la inescrutable rueda de la fortuna le permitiría conocer al director del sello CBS, quien le ofreció partir nuevamente a Rio a trabajar. Raulzitó no desaprovechó la oportunidad de adentrarse en el mundo de la producción musical, partió a la ciudad maravillosa, y de paso Raulzito volvió a ser –simplemente- Raul.
En 1971 aparece en las disquerías un L.P. cuya carátula rezaba SOCIEDAD DE LA GRAN-ORDEN CAVERNISTA PRESENTA: SESIÓN DE LAS 10. La “Gran-Orden” eran Sérgio Sampaio, Miriam Batucada, Edy Star y Raul Seixas; patota excéntrica, irreverente e histriónica, cuyo único álbum serviría principalmente como puntapié inicial en el despliegue multifacético de Raul, quien al año siguiente, por los días en que clasificaba dos canciones para el Festival de la Red Globo, conocería a quien sería su yunta por el resto de la década, compañero fundamental en el sagrado negocio del desbordamiento del alma. Ese socio se llamaba Paulo Coelho. Sí, el actual escritor superventas.
Antes de iniciar su carrera solista, y a modo de precalentamiento, Raul edita a principios del 73 el L.P. LOS 24 MAYORES ÉXITOS DE LA ERA DEL ROCK, álbum en el que versiona no sólo a sus ídolos angloparlantes, sino que incluye versiones libres de algunos éxitos lusoparlantes. Ese mismo año de 1973 vería la luz -¡por fin!- el primer largaduración plenamente Raul Seixas: KRIG-HÁ, BANDOLO, con canciones brotadas de la inspirada dupla Seixas-Coelho, destacando los clásicos Oro de Tonto, Mosca en la Sopa, Al Capone , y sobretodo la bellísima Metamorfosis Ambulante, a la vez grito de libertad y declaración de nuestra esencial precariedad. Al año siguiente, Raul y Paulo pasaron unos meses en U.S.A., en donde descubrieron la obra del poeta ocultista Aleister Crowley (ídolo también de Jimmy Page) y proyectaron las directrices del más mesiánico proyecto seixiano, la SOCIEDAD ALTERNATIVA, intento de movimiento para estar a la altura de los tiempos y propiciar la redención humana. En la práctica apenas superó el status de fan-club.




El par de demiurgos brasileiros editaría cuatro álbumes más: GITA (1974), basado en el antiquísimo texto hindú Bhagavad-Gita, con 62 músicos en el estudio, y entregando los clásicos El Tren de las 7 y Sociedad Alternativa, himno este último “más importante que el himno nacional”. O REBU (1974), banda de sonido para la telenovela del mismo nombre. NOVO AEON (1975), como su título lo indica, canciones para una “Nueva Era” o “Nuevo Paradigma”, basada en un real anarquismo, es decir en el derecho de cada ser humano a edificarse y seguir su senda de conocimiento en plena libertad (con las altas dosis de responsabilidad social y disciplina personal que esto implica). NOVA AEON es para muchos el mejor álbum de Raul, el que sintetiza de mejor forma sus búsquedas y descubrimientos (en una palabra, su legado). HACE 10.000 AÑOS ATRÁS (1976), con Raul maquillado de anciano en la carátula, aporta otro hit clave: Yo Nací Hace 10.000 Años Atrás.
En 1977 Coelho da un paso al costado, ocupando su lugar Cláudio Roberto, coautor de las canciones del álbum EL DÍA EN QUE LA TIERRA PARÓ. Simultáneamente Raul lanza otro L.P. de versiones titulado RAUL ROCK SEIXAS, en el que destaca el aporte de su cuñado guitarrista, el estadounidense Gay Vaquer. En 1978 reaparece Coelho para una última obra conjunta, el disco SELVA VIRGEN. En 1979 Raul elige como socio al uruguayo Oscar Rasmussen, resultando el álbum POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS.




El inicio de la nueva (y última) década trae ÁBRETE SÉSAMO (1980), que incluye Rock de la Araña, estrenado ante 180.000 personas en una playa del Estado de Sao Paulo. Seguirían RAUL SEIXAS (1983), con tres canciones censuradas por la agónica Dictadura. METRO LINEA 743 (1984). LET ME SING MY ROCK´N´ROLL (1985), recopilación de viejos retazos. UAH-BAP-LU-BAP-LAH-BEIN-BUM (1987). LA PIEDRA DEL GÉNESIS (1988). Y el último, LA OLLA DEL DIABLO (1989), en colaboración con Marcelo Nova, aparecido pocos días antes del fallecimiento de Raul, ocurrido el 21 de agosto de ese año, a los 10.044 años de edad.
Quiso ser mago, mantuvo la escencia del rock´n´roll a pesar de haber nacido en esa vorágine de ritmos que es Brasil, y fue un rockero ejemplar.




Marcelo Olivares Keyer
blusban@yahoo.com

sábado, 20 de diciembre de 2008

OS REPLICANTES (Punk Local)





I MERODEANDO POR PORTO ALEGRE

FEBRERO 2002: Eran los días del Fórum Social Mundial, ese Woodstock de aires bolcheviques con aportaciones New Age y estética malabarista. Miles de carpas repartidas en distintos parques de la capital gaúcha y hordas de jóvenes venidos de distintos y lejanos puntos de Brasil y de los países castellanos acentuaban la atmósfera de por sí cálida de los días previos al carnaval. Con un amigo acampábamos a pocos metros del río-lago Guaíba esperando a conseguir algún aventón hacia el norte entre los numerosos buses de las delegaciones para cumplir nuestro sueño de llegar algún día al mismísimo y sagrado Amazonas. Yo además esperaba ver a una de las numerosas bandas que tocarían gratis, una sobre la que había leído bastante en los últimos años, una de esas bandas que suele llamárselas, con exageración periodística, míticas. Quería ver a Os Replicantes. Pero el show que los incluía entre otra decena de grupos era a la noche siguiente. Me quedaba aún otra larga y sofocante noche de espera subtropical.

Merodeando por Porto Alegre esa noche previa, después de subir y bajar por antiguas escaleras portuguesas, llegaba ya de vuelta al parque-alojamiento cuando un modestísimo letrero llamó mi atención. Era una cartulina escrita con plumón que rezaba: ESTA NOCHE WANDER WILDNER AO VIVO. Como ya me había deleitado con el álbum solista del susodicho, su nombre estaba grabado en mi disco duro. La entrada era baratísima, casi simbólica, así es que no lo pensé dos veces e ingresé por la estrecha puerta de esa casa (era una casa que tenía algo que ver con los estudiantes) para disfrutar del significativo regalo que lo inesperado me tenía reservado.

No había dado tres pasos aún en el recinto cuando los rotundos acordes iniciales de I Believe in Miracles, de los Ramones, resonaron en el aire. Sí, en cinco segundos yo ya estaba literalmente encantado, la última gran canción de una de mis bandas favoritas me recibía al salir al patio en el que se levantaba el humilde proscenio sobre el que un muchacho de ojos claros y caótica dentadura declamaba al son de las guitarras ramoneanas pero en la lengua de Camoes:

Eu

Acredito

Em Milagres…


Pocas veces vi tal entrega en un front-man, con su impecable camisa blanca, su cabello recién peinado, una pulsera con puntas en una mano, y toda la profundidad trágica del punk-rock destilada ahí, in situ, por un muchacho de tierna mirada que entre canción y canción –conciente de la invasión de castelhanos que el Forum había traído a su ciudad- nos hablaba en español, presentándonos los temas, lanzando también alguna crítica al sonado Forum, pero sobretodo celebrando el hecho de que estuviésemos ahí, un escaso público compuesto mayoritariamente por jóvenes malabaristas cuyas clavas y diabolos asomaban de sus mochilas, ajenos al espíritu del rock, pero curiosos; quizás por eso Wander hablaba tanto entre canciones, para enseñarles algo.

Desde un principio nos advirtió que no tocaría canciones de Os Replicantes, promesa que no sé si cumplió a cabalidad, pero así es como pudimos disfrutar de sus aguardentosas y melancólicas composiciones, auto referentes (más vale), simples y -por lo mismo- conmovedoras; verdaderos poemas del sentido común, repartidas en algunos álbumes solista que ya ha lanzado a rodar.

Terminó su presentación de rodillas, mirando al cielo.



II ECONOMÍA DE MEDIOS
Si bien el punk-rock nació en New York (¿en qué otro lu gar tenía que ver la luz sino en la capital del mundo?) a principios de los setenta, pasando a mediados de década –y con bullado suceso- a las islas británicas, hablar de punk-rock en Latinoamérica es hablar de los años ochenta. Como sucede con cada tendencia cuyos ecos provienen del hemisferio norte, primero llegó un derivado (la New Wave), después asomó la pinta, y finalmente los moldes importados comenzaron a producir sus primeros frutos locales. Como el mandamiento base era agarrar instrumentos sin saber cómo se tocaban, la primera camada de bandas denominables como punk, llenaron los espacios que pudieron conseguir para explayarse con ruidos, alaridos, graffitis, actitud, y no mucho más que eso. Aunque más que suficiente para ir situando en la mayoría de las grandes ciudades sudacas el espíritu de un nuevo sentimiento.
De haber quedado todo ahí, el punk latinoamericano se estudiaría hoy junto con los happennings, acciones de arte, performances, instalaciones, arte conceptual, y todos los engendros que la búsqueda de lenguajes provoca habitualmente en Occidente. Afortunadamente la cosa no quedó ahí, y en algún momento los muchachos aprendieron a tocar y la semilla germinó. Porque la premisa de “no saber tocar” era para salvar al rock de su empantanamiento sinfónico a manos de los malditos virtuosos, pero implicaba que necesaria y urgentemente había que aprender a hacerlo para comenzar a tirar la casa por la ventana y pasarlo recondenadamente bien.vvvvv-
Aunque el nuevo espíritu empapó en grados variables casi toda la música pop que se produjo por estos pagos, desde los nombres históricos por todos conocidos hasta el más prefabricado de los grupillos de ocasión, fueron poquísimas las bandas que consiguieron desarrollar su obra hasta el grado de ser consideradas bandas de punk-rock hechas y derechas. Tener una veintena de canciones reconocibles y sólidas no es nada de fácil, más aún cuando la banda resulta un hueso duro de roer y no se disuelve tras el álbum debut. En este sentido, no son muchas las bandas suramericanas con una obra cuya consistencia, calidad y volumen les permite pararse de igual a igual frente a sus colegas anglo/norteamericanos. Esta vez me detendré en una del otro lado del río Uruguay, me refiero a Os Replicantes.
De los veintiséis estados que conforman ese continente llamado Brasil, Rio Grande do Sul es el más austral, de hecho su extremo sur está en la misma latitud que Santiago de Chile. Bastante alejado de la línea tropical, sus inviernos son crudos y en algunas serranías la nieve es habitual. Poblado ancestralmente por guaraníes y charrúas (entre otras naciones originarias), al quedar dentro de las fronteras del Imperio Portugués fue poblado con colonos de las Islas Azores y, por supuesto, con unos cuantos esclavos africanos. Después de la independencia, masivo contingente italiano y alemán se desparramó por sus colinas dedicándose a criar ganado. A pesar de esta multiplicidad étnica, sus habitantes se denominan todos - y a mucha honra - gaúchos (así, con acento en la u).
Gaúchos fueron Getúlio Vargas y Joao Goulart, y lo son Dunga, Taffarel, Xuxa, y el más joven de los Ronaldinhos. Y bueno, gaúchos son Os Replicantes.
Carlos Gervase, Luciana Tomasi, y los hermanos Claudio y Heron Heinz comenzaron a hacer ruido juntos en l983 tras reventarse la cabeza escuchando las deliciosas canciones de Dead Kennedys, Ramones, Buzzcocks y otros clásicos. A poco andar se les sumó un muchacho de armas tomar llamado Wander Wildner. Rápidamente graban un vinilo con cuatro canciones que traspasa las fronteras estaduales llegando a vender dos mil copias. Las cuatro canciones fueron Nicotina (temazo), O Futuro é Vortex, Rock Star y Surfista Calhorda, y de inmediato quedó en claro que el cuarteto de Porto Alegre tenía eso que posibilita el paso desde el lamento visceral hacia el genuino punk-rock, es decir canciones vertiginosas que sin embargo no descarrilan, y un vocalista/declamador que – aún considerando las licencias del género- posee, ante todo, voz. “Economía de medios” como aconsejaría un célebre profesor a la hora de resolver un desafío estético/emocional.
Tres Long Plays nacieron de esta primera etapa fundamental. Editados originariamente en vinilo, no está demás recordar a quien visite Porto Alegre y se anime a recorrer sus disquerías de usados que quien busca, encuentra:

O FUTURO É VORTEX (1986)

Lado V: 1 Boy do Subterraneo
2 Surfista Calhorda
3 Hippie-Punk-Rajneesh
4 One Player
5 A Verdadeira Corrida Espacial
6 O Futuro é Vortex

Lado X: 1 Choque
2 Ele Quer Ser Punk
3 Motel da Esquina
4 Mulher Enrustida
5 Hard Core
6 O Banco
7 Censor
8 Porque Nao


HISTÓRIAS DE SEXO & VIOLENCIA (1987)

Lado A: 1 Chernobil
2Sandina
3África do Sul
4Mistérios da Sexualidade Humana
5Adúltera
6Sexo é Violencia
7Passageiros I

Lado B: 8 Astronauta
9Festa Punk
10Nicotina
11Amor Eu Preciso
12Tom e Jerry
13Mentira
14Passageiros II


PAPEL DE MAU (1989) (sin detalles, tarea para el lector).

No vamos a explicar en qué consiste el punk-rock a estas alturas de la post-historia, solamente acotar que estos muchachos suramericanos supieron aclimatar con maestría una revolución musical iconoclasta y regeneradora. Tampoco está de más señalar que la máxima no future es bastante más aplicable de este lado de la línea del Ecuador, a pesar de los sentidos e inspirados lamentos de nuestros primos del mundo “desarrollado”.
En l990 Wander sale, y reclutan un nuevo baterista para que Carlos Gervase pase del semianonimato de las baquetas hacia el protagonismo del front-man. Luciana Tomasi, quien siempre fue Replicante de tomo y lomo, se hace cargo de los teclados y coros. Con esta formación editan ANDRÓIDES SONHAM COM GUITARRAS ELÉTRICAS (1990) y A VOLTA DOS QUE NAO FORAM (2000). Integrantes van, integrantes vienen, esta banda nunca se ha disuelto, y de tanto en tanto dejan alguna joya para la colección.
El 2003 Wander Wildner se reintegra temporalmente, Gervase se retira definitivamente (¿existe eso?) de las tablas para consagrarse al cine, editan el álbum GO AHEAD, grabado en una sola sesión de once horas, y salen de gira al otro lado del charco. Y así, nuevas voces, nuevos rostros, nuevos nombres, nuevos cuerpos, nuevas mentes, pero siempre manteniendo la base fundacional de los hermanos Heinz, mientras Wander, por su parte, pasea sus entrañables canciones por algún lugar del espacio-tiempo. Al parecer tendremos Replicantes para rato (¡afirmense Rolling Stones!).



III UNA LECCIÓN DE ROCK

De vuelta a aquel febrero del 2002. Los ensayos de las escuelas de samba ya iluminaban la noche del hemisferio con los oropeles de la mejor fiesta del mundo, y en un parque metropolitano la multitud ya se agolpaba para asistir al suculento festival gratuito en el que diez bandas se turnarían para la fiesta final del Forum Social Mundial. Por el escenario desfilaron virtuosos guitarristas de esos que Brasil suele mostrar para el mundo como producto de exportación, también grupos tradicionalistas gaúchos con boleadoras azotando el tablado, algunos magníficos próceres de la vieja guardia sambista, cantautores, etc. Entre el público merodeaba Olivio Dutra, el izquierdista gobernador del Estado y artífice de la traída del Forum a estas lejanas tierras del sur del mundo. Y a pocos metros, punks adolescentes de última generación deleitándose y alcanzando el paroxismo una hora antes de la aparición de Os Replicantes en escena. No había tiempo para esperar a los ídolos, había que invocarlos.

La verdad es que cada artista había entusiasmado al público, y creo que todos los asistentes de las más variopintas tendencias lo pasaron bien esa noche, pero cuando Os Replicantes asomaron sus guitarras por entre el resplandor de las luces de fiesta, todo cambió. Sabíamos que Wander Wildner no estaría ante el micrófono, y yo sentía curiosidad por ver a un baterista metamorfoseado en vocalista. Fue una explosión. Los hermanos Heinz en las cuerdas, parados como dos pilares entre la bruma artificial, dieron paso a Carlos Gervase, quien vestido con un overol (sobretodo, macacao, mono) recortado como bermuda, apareció, se paró ante el micrófono, y se lanzó un par de segundos antes que los músicos, quienes de ahí y por más de una hora no pararon de bombardear temazo tras temazo mientras Gervase corría por todo el escenario agitando su cabellera entrecana.

Hasta ahí cada cantante durante el festival había hecho lo suyo, pero Gervase, sabiendo que al menos en vivo nada supera al punk-rock, salió corriendo y se lanzó al público, quienes debimos recibirlo en andas y pasearlo por sobre las cabezas como una ola humana sobre la que Gervase surfeaba cual curandero en éxtasis. En un momento pareció que caía al suelo, pero conseguimos levantarlo y devolverlo triunfal hacia la altura del escenario. Fue una lección de rock.


Marcelo Olivares Keyer
blusban@yahoo.com