UNAMUNO Y EL SENTIMIENTO MÁGICO DE LA VIDA
Eran mis 14 años. La adolescencia, más o menos presente y entumida desde siempre, estaba en plena erupción. Hablaba con amigos afines sobre los grandes interrogantes metafísicos, mis compañeros inseparables, mis obsesiones, desde la adolescencia anterior, la de los cuatro años. ¿Existe Dios? ¿Quiénes somos? ¿Qué hay después de la muerte?… Las preguntas discurrían por insomnios y poemas. El profesor de castellano, generoso, comunicante, materialista, comunista, me decía con un dejo de tristeza “Usted es un poeta abstracto”. Yo, por otro lado, era un apasionado seguidor de la política internacional, la guerra, la causa de la democracia . Entre la niebla de las abstracciones metafísicas, escuchaba la radio, leía los diarios, hasta hacía pequeños discursos hablando sobre el conflicto mundial.
En eso tropecé con el libro de Unamuno “El Sentimiento Trágico de la Vida.” Unamuno era de los míos. A mí me dolía España desde que escuché las primeras noticias sobre la guerra civil. Era, creo que todavía soy, un converso a republicano español. Don Miguel le había dicho al general franquista “Venceréis, pero no convenceréis…” Unamuno era parte de mis héroes con García Lorca, con Machado, con Miguel Hernández.
Algo me ocurrió con ese libro. Lo leí con acuciosidad y voracidad. Lo subrayé. Lo anoté. Lo saturé. Me comprometí. Fui sintiendo la seducción del genio, vehemente, sabio, ególatra, defensor de causas nobles, descomunal, erudito, mago de la expresión. Fui destilando mi percepción del mensaje central. Algo así como un pensamiento y un grito, uno dentro del otro. Era: Hay una gran tragedia, él tiene un desgarro existencial sin salida posible. Quiere vivir. No acepta morir, aunque eso signifique vida eterna. Ello, seria otra vida sin su cuerpo. No, no es el mal de haber nacido del protagonista de La Vida es Sueño. Es no poder aceptar que la vida se termine.
Admiré al autor, venció… pero no me convenció Si él quería seguir experimentando la vida… entonces la vida era valiosa y, está claro, nos la dan. Una debilísima luz empezó a darme vueltas: mi postura era no de sentir un sentimiento trágico, era de un sentir pensamientos mágicos sobre la vida. He escrito más de treinta libros y todos ellos podrían cambiarse por un título, mejor por una frase: El sentimiento mágico de la vida
Pasaron los años. Franco había muerto, se había instalado la monarquía; yo estaba viviendo, exiliado, en España. Y seguía siendo republicano. Me acompañaba mi primera esposa, María Luisa, fallecida en 1999. Ella era republicana española de verdad, exiliada en Chile desde la niñez. Ella era más chilena que yo, cosa compensada con mi predominio en lo referente a ser español republicano.
En un momento dado vamos a Salamanca. Buscamos a quien pudiera tener recuerdos vivos de Unamuno, damos con un convento de monjas mayores, hasta hacía poco de normas de claustro absoluto, cerradas las ventanas al mundo.
Nos atiende una religiosa de avanzada edad. Sí, supo mucho sobre la vida de Don Miguel. Nos sorprende haciendo grandes elogios al espíritu libertario del antiguo rector de la universidad. La metáfora sería el que mientras vivía lo culpaban de todo lo que sonara a crítica de lo establecido.
Agrega, metáfora de la apreciación, que después no encontraban a quien echarle la culpa por los movimientos de protesta en la ciudad. Creí escuchar a Unamuno decir: “eso es mucho más mágico que trágico”. No alcancé a hacerlo, era el momento de despedirnos. Coincidimos y no coincidimos con la antigua monja de claustro. Ella me ofreció para besar la punta de un cinturón de paño, en el mismo momento en que yo le daba un beso en la mejilla; María Luisa sonreía comprensiva y el sentimiento de ridículo mediaba entre la magia y la tragedia.
Luis Weinstein Crenovich
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